Episode 3 - Día Mundial del Profesor
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Hola, queridos estudiantes de español. Bienvenidos al tercer episodio de Spanish with Sam Podcast.
Y, como podréis escuchar, para los que ya me conozcáis bien, mi voz no es la misma de siempre porque estoy enferma. Es lo que tiene cuando tienes tres hijos y trabajas también en una escuela con niños, que al final acabas estando tú enferma incluso cuando no hay motivos para ello, porque estamos a 10 de octubre y hace una media de 25 ¡qué locura!.
Entonces, mi voz va a sonar un poquito extraña, pero como no quería dejar pasar este día sin un podcast, quiero ser constante porque creo que la constancia es muy importante. Es una cualidad muy importante en mi vida, así como lo es aprender un idioma que también es importante. Por lo tanto, quiero que vosotros también sigáis con una constancia y que cada semana tengáis un podcast que escuchar.Before we start, just a quick note. Today’s episode is going to be a little longer than usual, and I’m going to speak mainly in Spanish. But don’t worry if you don’t understand everything. That’s not the goal.The important thing is to listen and try to understand as much as you can — the main ideas, some expressions, some words you already know. And afterwards, you can go to my website, where you’ll find the full transcript, the English and Portuguese translations, as well as vocabulary, grammar and pronunciation notes.So don’t stop every time you hear something you don’t understand. Just keep listening. Understanding a language takes time, and every time you listen, you’ll understand a little bit more.”Entonces, el podcast de hoy va a ser sobre el día 5 de octubre, que fue festivo aquí en Portugal. Fue festivo en Portugal porque fue el Día de la Implantación de la República. Ya hablaré de esto la semana que viene, junto con el festivo de España, que va a ser el lunes 12 de octubre que es el día de la Hispanidad.
Hablo de estos festivos en particular porque, obviamente, nací en España y vivo en Portugal, así que creo que la semana que viene vamos a hablar un poquito de política.
Pero, en este caso, el día 5 de octubre es también un día internacional: es el Día Mundial del Profesor.
Y quiero aprovechar este podcast para hablar de lo que es el trabajo del profesor. Voy a incluir un poquito sobre mi vida, cómo llegué a ser profesora y, nada, hasta la actualidad.Antes de que me olvide, al final del episodio anterior, que estaba bastante cansada porque era bastante largo, dije “large” en vez de “long” cuando estaba hablando en inglés.
Me di cuenta después pero he decidido no editarlo porque, obviamente, como continúo diciendo, todos cometemos errores cuando hablamos otra lengua. Yo soy la primera y enseño español. También sigo aprendiendo inglés y, por lo tanto, también cometo errores.
Cometo errores en todos los idiomas: inglés, portugués, francés, español. Lo importante es darse cuenta de ellos, corregirlos y continuar aprendiendo ¿no?.
No hay que pensar que, porque hemos dicho algo mal, ya no queremos volver a hablar. No funcionan así las cosas.
Por eso mismo, esto también viene perfectamente con el episodio de hoy, porque voy a hablar sobre la enseñanza, el aprendizaje y lo que me ha llevado a ser profesora como dije antes.Y nada, deciros que este podcast, como los anteriores, van a estar en mi página web: Spanish with Sam Online. com
Ahí tenéis la transcripción completa de este episodio y también la vais a tener en inglés y en portugués.
Este mes estoy añadiendo cosas al podcast, como la pronunciación, los errores más comunes, vocabulario y, sobre todo, la gramática. Porque en cada podcast, obviamente, digo expresiones que quizá no conocéis, utilizo muchos verbos y aparecen muchas otras cosas que podemos aprender de gramática y de vocabulario. Además de añadir notas culturales y ejercicios para que podáis practicar. Esto todo es un añadido que podréis encontrar en premium.
Y nada, empezamos.Bueno, os voy a hablar un poco de mi recorrido desde que era pequeña hasta llegar a ser profesora.Tengo que decir que, cuando era pequeña, mi aspiración no era ser profesora. Mi aspiración era ser atleta y campeona olímpica.Empecé a hacer atletismo cuando tenía ocho o nueve años. Una profesora de la escuela me dijo que había visto algo en mí, que creía que podía llegar a ser muy buena. Y cuando alguien ve algo en ti que quizá tú todavía no ves, la verdad es que eso te marca. A veces incluso queremos satisfacer más los deseos o las expectativas de los demás que los nuestros propios.Yo, a esa edad, tampoco tenía mucha idea de lo que quería hacer, pero, a partir de ahí, mi intención fue ser atleta. Empecé a dedicarme al atletismo desde muy pequeña, ganaba muchas competiciones de mi categoría en mi ciudad y era bastante buena. Ser profesora no estaba para nada en mis planes.Entonces, cuando hoy en día mis hijos me preguntan: «Mamá, ¿por qué no llegaste a ser campeona olímpica?», porque mis hijos ahora mismo también hacen atletismo, yo siempre les digo lo mismo: «La vida se puso en mi camino».Y no, no soy una persona frustrada ni estoy triste por no haber llegado ahí. Creo que estoy bien donde estoy. Obviamente, me habría gustado ser atleta. Era algo que quería desde que era muy pequeña entrené muchísimo. Pero las lesiones y el hecho de empezar a trabajar desde muy joven fueron disminuyendo las posibilidades de llegar hasta donde quería.En mi casa éramos cuatro: mi madre y mis tres hermanas. Necesitábamos dinero y mi madre no siempre llegaba a todo: las facturas y todos los gastos que tenía encima. Mis hermanas ayudaban y yo también quería ayudar, a pesar de ser la más pequeña.Así que empecé a trabajar muy pronto.
Cuando estudiaba, después del instituto, a veces iba a una cafetería que estaba muy cerca. Era un ambiente bastante acogedor. Me llevaba allí los libros para estudiar y, si tenía dinero, me compraba una hamburguesa y, si no, simplemente tomaba un refresco.Los dueños de aquella cafetería me veían siempre estudiando y un día me preguntaron si podía dar clases a su hija, porque tenía bastantes dificultades con las asignaturas.Al principio me pareció un poco extraño porque yo era muy pequeña. Tenía trece años. Era una niña bastante inocente. Hoy en día, si a mis hijos les pasara algo así, seguramente lo primero que haría sería desconfiar. Pero bueno, vivíamos en una ciudad pequeña, todos nos conocíamos y en aquel momento no desconfié. Pensé que podía ser una forma de ganar un dinero extra y decidí hacerlo.Yo vivía en Pontevedra y tenía que coger el autobús para ir estribela que era hasta donde ellos vivían, eran diez minutos de autobús. Dos o tres días por semana le daba clases a esta niña y la ayudaba prácticamente con todas las asignaturas.Y tengo que decir una cosa: yo no era una estudiante de esas que no necesitan estudiar para sacar buenas notas. Era, y sigo siendo, muy trabajadora. Soy de esas personas que necesitan estudiar, estudiar mucho, para conseguir buenos resultados. Tengo buena memoria, sí, pero para sacar buenas notas necesito trabajar bastante.Y ayudaba a esta niña con matemáticas, inglés, literatura, gallego… con todas las asignaturas en las que tuviera alguna dificultad.Al final acabó convirtiéndose en un trabajo remunerado que hacía todas las semanas. Evidentemente, no era suficiente para ayudar mucho en casa porque tampoco ganaba demasiado, pero me permitía no estar constantemente diciendo: «Mamá, necesito esto», «Mamá, necesito lo otro».Yo sabía que había limitaciones económicas en casa y, antes de pedir, intentaba ayudar un poquito.Así que, si lo pienso ahora, mi trabajo como profesora empezó realmente ahí, aunque todavía no tenía ninguna intención de ser profesora.
Después también di clases en algunas academias y, de una manera u otra, fui acabando siempre en trabajos relacionados con la enseñanza. Pero todavía no pensaba: «Quiero ser profesora».Eso llegó mucho más tarde, de hecho, llegó cuando vine a vivir a Portugal, hace unos nueve años.Yo estudié Lenguas, que en realidad era lo que más me gustaba. Pero antes también estudié Biología, y tengo que reconocer que fue una equivocación. Y tampoco diría equivocación, sino que estaba mal asesorada o no tenía información ninguna. Yo tenía una idea de la Biología que no correspondía exactamente con lo que después me encontré. En mi cabeza, yo quería hacer los documentales de National Geographic y cosas así porque adoraba a los animales. Es decir, mis grandes ideas eran ser atleta y ser bióloga. Me metí en Biología y acabé odiándola.Pero tampoco me arrepiento. Lo que agradezco muchísimo son las amigas que conocí durante aquella licenciatura. Una de ellas sigue siendo hoy una de mis mejores amigas y la adoro.En realidad, estoy agradecida por todo lo que hice. No me arrepiento ni del atletismo ni de haber estudiado Biología. Algunas de mis mejores amigas vienen precisamente de esos dos mundos: del atletismo y de Biología. Así que, al final, todo forma parte de mi recorrido.
Cuando llegué a Portugal, empecé a darme cuenta de que se necesitaban profesores y decidí hacer algo al respecto. Como ya estudié Lenguas y había hecho una carrera en Lenguas Aplicadas, solo me faltaba aprender portugués y continuar estudiando inglés y, bueno, al final tengo ahí un mix de diferentes lenguas.Y poco a poco decidí que quería dedicarme a la enseñanza.Creo que el trabajo de profesor es bastante duro. No siempre está suficientemente reconocido ni recompensado, pero, si te gusta y es tu vocación, la verdad es que también puede ser un trabajo muy satisfactorio y enriquecedor.Y una de las razones por las que decidí ser profesora tiene que ver con algo que siempre he pensado. A mí, por ejemplo, me cuesta muchísimo ver las noticias. Cuando era pequeña las veía y para mí era terrible. Me afectaban muchísimo. Era llorar constantemente viendo determinadas cosas que pasaban en el mundo. Hoy en día casi no veo las noticias. En realidad, muchas veces me entero de lo que pasa en el mundo por mi hija. Tiene diecisiete años, quiere ser periodista y está muchísimo más informada que yo. Tengo que reconocerlo. Pero siempre he pensado que muchos de los problemas que tenemos en el mundo tienen que ver con la ignorancia y también con la incapacidad de comunicarnos los unos con los otros.Y pensé: si yo puedo aportar un poquito, aunque sea un uno por ciento, o muchísimo menos, e intentar que los niños, que son nuestro futuro, tengan más conocimientos, sepan comunicarse mejor y comprendan un poquito mejor el mundo, entonces quiero formar parte de eso.Y, como además en Portugal hacían falta profesores, decidí ser profesora.
Primero empecé trabajando en una universidad a distancia como tutora. Mientras hacía eso también tenía otros trabajos: trabajaba en plataformas, en academias… Llegué a tener dos o tres trabajos al mismo tiempo, pero todos relacionados con la docencia. Estaba trabajando en la universidad y también en academias y plataformas enseñando español.También llegué a trabajar en un colegio enseñando inglés a niños pequeños, pero bueno, esa es otra historia.Aunque, en realidad, también está relacionada con lo que quiero hablar hoy. En aquella escuela tuve algunas experiencias en las que sentí que los padres no ayudaban demasiado a los profesores, y en ese sentido acabé un poco decepcionada. Ahora estoy en una escuela que me gusta bastante. Pero, en general, hay algo que sigue preocupándome en el mundo y es hasta qué punto es valorado realmente el trabajo de los profesores.Entonces, enseñar no es simplemente explicar una materia. Un profesor prepara, observa, se adapta, escucha, evalúa y muchas veces tiene que volver a explicar lo mismo de maneras diferentes hasta encontrar la forma de llegar a cada alumno.Porque cada alumno es diferente. No todos entienden las cosas a la primera y algunos necesitan más tiempo.Y esa es, para mí, una de las partes difíciles de ser profesor. A veces sientes que no tienes suficiente tiempo para estar con un alumno. Te vas de una clase con la sensación de: «Vaya, creo que no lo ha entendido y me gustaría poder estar más tiempo con él».Lo único que puedes decirle es: «Oye, si no lo entiendes, ven a verme después». Pero muchas veces ese alumno no aparece. Puede ser por vergüenza, por miedo o por pensar: «¿Qué van a decir si digo que no me entero de nada?». Y al final entramos en el mismo bucle: no lo entiendo, no pregunto, suspendo... y los padres vienen con quejas.
No todos, obviamente. Hay padres que son muy realistas y ayudan, pero otros… no tanto.También, dependiendo de la institución en la que trabajes, tienes que seguir un libro o un programa y a veces no es suficiente. Te gustaría ampliar determinados temas o explicar ciertas cosas con más calma, pero por falta de tiempo o por toda la burocracia que viene detrás y que existe alrededor de la enseñanza, no siempre puedes hacerlo.Y después está todo aquello que los alumnos no ven.Los profesores preparamos las clases, corregimos, hacemos evaluaciones, respondemos mensajes y adaptamos materiales para alumnos que, por diferentes motivos, no pueden hacer exactamente el mismo tipo de examen que los demás. Pensamos qué hacer cuando una actividad no funciona y cómo podemos hacerla de otra manera.Por eso, una clase de 45 o de 90 minutos no representa realmente el tiempo de trabajo de un profesor. Además, dentro de una misma clase tenemos alumnos completamente diferentes. Algunos aprenden mejor escuchando. Otros necesitan escribir. Algunos tienen miedo de participar o simplemente no quieren hacerlo. Otros terminan enseguida y quizá no han entendido nada. Y también tenemos alumnos que pueden ser difíciles o incluso irrespetuosos.Y tenemos toda esa mezcla dentro de una misma clase: veinte, treinta o quince personas completamente diferentes, pero se supone que con el mismo propósito, ¿no? aprender. A veces es muy difícil gestionar todo eso. Y creo que esta es una parte de la profesión que mucha gente no ve. A veces no la ven los padres, no la ve el Gobierno y, en general, no la ve la sociedad.Y, como os decía al principio, ser profesora tampoco significa dejar de cometer errores. Nosotros también seguimos aprendiendo.Los profesores también investigamos, seguimos aprendiendo, aprendemos con nuestros alumnos y continuamos formándonos. Yo todavía sigo formándome. Estoy haciendo más formación y quiero continuar estudiando. Para mí, nunca termina realmente lo que es aprender. Es un poco como los médicos. Los médicos tampoco pueden dejar de estudiar porque aparecen nuevas enfermedades, nuevos tratamientos, nuevas vacunas... Tienen que seguir aprendiendo. Y creo que con los profesores pasa algo parecido.
Y, llegados a este punto, quiero volver al 5 de octubre y al Día Mundial de los Docentes.He estado leyendo la información que publica la UNESCO en Internet y explica que este es un día para celebrar cómo los docentes están transformando la educación, pero también para reflexionar sobre el apoyo que necesitan para desarrollar plenamente su talento y su vocación y para pensar en el camino que todavía queda por delante.El Día Mundial de los Docentes se celebra en colaboración con UNICEF, la Organización Internacional del Trabajo y la Internacional de la Educación.Y este año hay un lema que me parece especialmente interesante: «Apoyar al personal docente: 60 años protegiendo la profesión, promoviendo su condición y configurando nuestro futuro».En 2026, bueno esto esta en internet, lo podéis buscar, dice que se pretende reflexionar sobre los desafíos actuales que están relacionados con la situación de los docentes y sobre las estrategias necesarias para afrontarlos.
También se hace un llamamiento a la sociedad y a los responsables políticos para proteger, promover y mejorar la condición de los profesores.Y esto me resulta especialmente interesante por algunas experiencias que yo misma he tenido.Antes os he contado que he trabajado en diferentes escuelas. En un momento determinado dejé una escuela en la que estaba trabajando por varios motivos. Uno de ellos era simplemente práctico: estaba en una ciudad en la que yo no vivía y, entre el coche, los desplazamientos y los peajes, trabajar allí me resultaba bastante costoso. Después empecé a trabajar en una escuela en Lisboa. Necesitaban una profesora de inglés para niños pequeños y mi formación me permitía enseñar a esas edades.Yo no soy una experta en inglés, pero sí puedo dar clase a niños pequeños. Tengo la formación para eso y además, la escuela estaba más cerca de mi casa. Bueno... «cerca» cuando no hay tráfico, porque vivir en Lisboa significa que un lugar puede estar cerca de tu casa y aun así tardar muchísimo en llegar. Pero había una cuestión importante. Yo soy española, estaba trabajando en una escuela portuguesa y querían que enseñara inglés. Y desde el principio dije que lo que no iba a hacer era enseñar inglés hablando en portugués. Primero, porque me parecía una situación confusa y un retroceso total para el alumno. Por muy bien que yo pueda hablar portugués, si los niños están aprendiendo inglés, mi intención era utilizar el inglés en clase. Así que empezaba mis clases hablando en inglés y las terminaba hablando en inglés. Aunque sean niños pequeños, esto va dirigido para los padres, tienen una enorme capacidad para aprender y consiguen entender muchísimo más de lo que a veces pensamos. Sin embargo, hubo una queja por parte de algún padre que consideraba que sería mejor que hablase en portugués. También hubo comentarios relacionados con las notas, porque sus hijos quizá no obtenían las mismas calificaciones que habían tenido anteriormente. Y, para mí, algunas de esas situaciones fueron difíciles de entender. En una escuela privada los padres pagan, evidentemente, y eso puede generar determinadas presiones. Pero creo que pagar una escuela no significa que los profesores tengamos que hacer exactamente lo que los padres nos dicen. Los profesores tenemos una formación y sabemos cómo aplicar esa formación a nuestra enseñanza. Finalmente, mi etapa en aquella escuela llegó a su fin y decidí continuar mi camino profesional en un entorno en el que sintiera que mi trabajo como profesora estaba más valorado y volví a otra en la que siento que se valora más mi trabajo como profesora y donde conocen mi manera de trabajar.
Y estoy muy bien la verdad. Creo que los profesores son estupendos y es un ambiente bastante agradable.No considero que marcharme anteriormente hubiese sido un error ni tampoco que volver haya sido corregir un error. Simplemente, la vida te va dando experiencias. Algunas salen bien y otras no tanto, pero todas forman parte del aprendizaje. Aprender, equivocarse, aprender, equivocarse y volver a aprender es un blucle. En la escuela en la que estoy ahora siento que los profesores estamos un poco más valorados, por lo menos por parte de la dirección. Creo que con los padres, siempre va a ser una cuestión difícil.Así, hay padres que ayudan muchísimo y otros con los que puede ser un poco más complicado. A veces pensamos que nuestros hijos son maravillosos, que nunca cometen errores y que siempre se comportan perfectamente.Y yo misma soy madre de tres hijos y no pienso así. Yo puedo educar a mis hijos lo mejor que sé, pero en el momento en que salen de casa no sé exactamente cómo van a reaccionar con otras personas. No tenemos ojos detrás de ellos. No sabemos cómo van a responder en cada situación. Por supuesto, espero que se comporten de la manera más educada posible, pero también sé que pueden equivocarse. Por eso yo no podría decir que confío al cien por cien en que mis hijos nunca hagan nada incorrecto cuando salen de casa. Me estaría engañando a mí misma. Si una profesora me llama porque ha ocurrido algo, lo primero que hago es hablar con mi hijo. Podemos reunirnos con los padres, escuchar su punto de vista y también admitir cuando nosotros nos equivocamos. Pero creo que tiene que existir confianza en la formación y en el trabajo del profesor. Y, como madre, también sé que nuestros hijos pueden comportarse de manera diferente cuando nosotros no estamos delante.Entonces, me estoy yendo por las ramas.
Volvemos a la pregunta: ¿por qué celebramos el Día Mundial del Profesor?¿Alguna vez os habéis preguntado por qué existe este día? Celebramos el Día de la Madre, el Día del Padre, el Día del Libro... pero ¿por qué se decidió dedicar un día internacional a los profesores? Pues resulta que esta celebración tiene una historia bastante interesante.Como ya dije antes, todo comenzó el 5 de octubre de 1966, cuando la UNESCO y la Organización Internacional del Trabajo adoptaron una recomendación internacional sobre los derechos y las condiciones laborales de los docentes.Y, curiosamente, este año se cumplen sesenta años de aquel acontecimiento.Pero hay algo que me llama especialmente la atención: sesenta años después seguimos hablando de muchos de los mismos problemas. Por ejemplo, aquí en Portugal, donde vivo y trabajo, hemos visto recientemente manifestaciones de profesores en Lisboa. De hecho, desde que vivo aquí y desde que mis hijos están escolarizados, he visto manifestaciones prácticamente todos los años, desde que empieza el curso hasta que acaba.¿Y qué están reclamando los profesores? En general, mejores condiciones laborales. Y eso implica mejores salarios, sí, pero también menos burocracia y, sobre todo, algo que para mí es muy importante: un mayor reconocimiento de la profesión. Entonces tenemos que preguntarnos: ¿están valorando realmente el trabajo de los profesores? Todos sabemos que la educación es importante. Y esa es precisamente una de las razones por las que yo decidí entrar en este mundo. Todos queremos buenos profesores para nuestros hijos. Pero ¿sabemos realmente lo que implica ser profesor?Es una reflexión que podríamos hacer entre todos. Y vosotros también podéis darme vuestra opinión. Podéis escribirme, mandarme un correo electrónico y contarme lo qué pensáis.
Yo creo que necesitamos profesores, pero cada vez resulta más difícil atraer y mantener profesionales en la enseñanza.Y esto afecta directamente a los estudiantes. Porque cuando faltan profesores no estamos hablando únicamente de puestos de trabajo vacantes. Estamos hablando de alumnos que pueden pasar semanas sin determinadas clases. Por ejemplo, mi hija el año pasado estuvo varias semanas sin un profesor, tanto que el propio director de la escuela, asumió ser profesor y continúa hasta hoy en día. Y para mí es algo difícil de entender. Cuando empieza el curso debería haber un profesor preparado para empezar las clases desde el primer día, porque, de lo contrario, estamos hablando de tiempo de aprendizaje perdido. Además, otros profesores tienen que asumir más responsabilidades: “¡oh! He visto que tienes un máster relacionado con la asignatura en la que no tenemos profesor, Pues, venga, cubre esta clase», o «¿Te importaría hacer estas horas?». Y al final tenemos escuelas con muchas dificultades para funcionar con normalidad.
No quiero convertir este episodio sobre el sistema educativo en un discurso político, aunque, evidentemente, muchas de estas cuestiones también tienen una dimensión política.Y, curiosamente, alrededor del Día Mundial del Profesor, dos profesores de la escuela en la que trabajo, los dos profesores de Historia, curiosamente, compartieron dos publicaciones que me llamaron mucho la atención. Uno de ellos compartió una publicación titulada «Más alumnos, profesores insuficientes y muchas asimetrías», de la Fundação Francisco Manuel dos Santos, sobre la educación en Portugal. Y había algunos datos que me llamaron muchísimo la atención. En el curso 2024-2025 había más de dos millones de estudiantes en Portugal. Exactamente, según los datos de esta publicación, 2.078.116 estudiantes, desde preescolar hasta la enseñanza superior. Es una cifra enorme. Pero lo que realmente me parece interesante es lo que ocurre cuando miramos quién está enseñando a todos esos estudiantes. Entre 2021 y 2025, según esta publicación, se graduaron 9.466 nuevos profesores. A primera vista puede parecer una cifra importante. Sin embargo, el problema es que no son suficientes para sustituir a los profesores que se están jubilando. Según estos datos, se forman aproximadamente 2.000 nuevos profesores al año, mientras que se jubilan alrededor de 3.000. Y esto me parece especialmente importante porque, cuando hablamos de educación, solemos hablar de los alumnos, de los programas, de las notas, de los exámenes y de los resultados. Pero para que todo eso funcione necesitamos profesores.Y no solamente necesitamos profesores. Necesitamos profesores que tengan tiempo para enseñar, que estén preparados, que se sientan valorados y que quieran permanecer en la profesión.Hay otro dato que también me llamó mucho la atención y del que yo no era consciente. Según esta publicación, alrededor del 40 % de las personas que terminan determinados másteres de enseñanza son educadores de infancia o profesores del primer y segundo ciclo, mientras que solamente alrededor del 20 % corresponde a profesores de asignaturas del tercer ciclo y de secundaria.Y esto me lleva a pensar en algo que he visto personalmente: no basta con decir que necesitamos más profesores. También importa qué profesores necesitamos, para qué asignaturas y en qué lugares.
Quizá por eso, después de tantos años enseñando de maneras muy diferentes, miro hacia atrás y pienso en cómo empezó todo. Obviamente, yo no me levanté un día y dije: «Voy a ser profesora». Como os conté al principio, mi camino ha sido mucho más largo que eso. Y soy la profesora que soy precisamente por todo lo que he vivido y aprendido durante ese camino.Después, la otra profesora de historia que compartió un texto de un autor desconocido pero que es muy elocuente y me pareció muy interesante porque es como un reclamo de lo que a veces los profesores queremos expresar y no tenemos mucha oportunidad.Es un texto que está escrito en portugués y que he intentado traducir al español lo mejor posible. Y quiero terminar el episodio con él y dice así:
Una reflexión sobre padres, hijos y consecuencias
Hay una nueva misión de vida recorriendo las escuelas del país, y no aparece en el programa escolar. Es una misión silenciosa, pero feroz, compartida por un número creciente de padres y tutores: impedir, a toda costa, que sus hijos choquen contra el muro de las consecuencias. El diagnóstico social es claro, pero la práctica cotidiana en las aulas adquiere tintes casi teatrales.
Si el niño le ha faltado al respeto a un trabajador del centro, la culpa no es de su atrevimiento: alguien lo provocó. Si el adolescente se ha visto involucrado en un conflicto físico en el recreo, el veredicto de los padres llega inmediatamente: fue el otro quien empezó. Si interrumpió la clase repetidamente, la culpa es de la asignatura, que le aburría. Si ignoró una norma básica de convivencia, es la norma la que resulta exagerada, obsoleta o, quién sabe, fascista.
En este ecosistema de justificación permanente, la escuela deja de ser un espacio de aprendizaje compartido y pasa a ser vista como un campo de batalla o una institución inquisitorial.Si hay una sanción disciplinaria, se grita: «¡Persecución!». Si la nota del examen es un rotundo «insuficiente», se decreta que el profesor le ha cogido manía al niño. Y si los deberes se han quedado en blanco, siempre habrá una conjunción astral, una enfermedad repentina o alguna razón extraordinaria que justifique tan honorable excepción.
El hijo, este nuevo ser inmaculado, nunca se equivoca. Como mucho, dicen los manuales de la moderna condescendencia, «tiene reacciones». El problema de esta sobreprotección parental no es únicamente el agotamiento de profesores y directores, convertidos permanentemente en acusados y obligados a justificar cada línea roja que establecen. El verdadero drama se juega en el futuro de estos niños. Al retirar todas las piedras de su camino, al allanar cada obstáculo y al inventar una explicación externa para cada error interno, estamos creando una generación de analfabetos emocionales.Aprender a equivocarse, a fracasar y a asumir la responsabilidad por el daño causado es la base de la resiliencia. Es en la incomodidad de una mala nota donde nace el esfuerzo para el siguiente examen. Es al experimentar el peso de un castigo merecido cuando se comprende el valor del respeto hacia los demás. Cuando los padres privan a sus hijos del derecho a experimentar las consecuencias, también les quitan la oportunidad de crecer. Si seguimos educando a nuestros jóvenes en la ilusión de que el mundo es un jurado injusto y de que ellos son eternas víctimas incomprendidas, no estaremos haciendo otra cosa que prepararlos para el abismo. Porque al mercado laboral no le importan las «reacciones», la vida adulta no acepta justificaciones extraordinarias para la incompetencia y las relaciones humanas exigen la humildad de saber pedir perdón. Educar requiere trabajo.Y, a veces, el trabajo más difícil de un padre no consiste en defender a su hijo del mundo, sino en defender a su hijo de sí mismo.Consiste en dejarlo caer, consolarlo cuando llora y, sin buscar culpables en el jardín del vecino, señalar el suelo y decirle con firmeza:
«Te has equivocado. Ahora levántate y soluciónalo».